TRES TESTIMONIOS
1 Juan 5:1 Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha llegado a ser un hijo de Dios. Y todo el que ama 6 Y Jesucristo fue revelado como el Hijo de Dios por medio de su bautismo en agua y por derramar su sangre en la cruz, es decir, no mediante agua solamente sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu, quien es la verdad, lo confirma con su testimonio. 7 Por lo tanto, son tres los testigos 8 el Espíritu, el agua y la sangre y los tres están de acuerdo. 9 Ya que creemos el testimonio humano, sin duda alguna podemos creer el testimonio de más valor que proviene de Dios; y Dios ha dado testimonio acerca de su Hijo. NTV.
En la vida cotidiana, las personas toman constantemente decisiones basadas en testimonios: confían en lo que otros dicen, en experiencias compartidas y en evidencias visibles. Desde lo más simple hasta lo más importante, el ser humano necesita razones para creer. Sin embargo, cuando se trata de la fe, no se habla de cualquier testimonio, sino del testimonio supremo: el de Dios mismo. Por medio de las Sagradas Escrituras, Dios ha dado testimonio claro, firme y suficiente acerca de su Hijo, Jesucristo. No se trata de una idea construida por hombres, ni de una tradición religiosa más, sino de una revelación divina confirmada de múltiples maneras. Este testimonio no solo informa, sino que transforma; no solo se escucha, sino que se recibe en el corazón.
Para afirmar está verdad: El apóstol Juan introduce un concepto jurídico profundamente significativo. En la ley mosaica, un asunto se establecía con dos o tres testigos (Deuteronomio 19:15). Dios, el Juez supremo, presenta tres testigos que dan testimonio unánime acerca de su Hijo Jesucristo. El primer testigo es el agua. Esto se refiere al bautismo de Jesús en el río Jordán. Allí, el cielo se abrió, el Espíritu descendió como paloma y el Padre habló: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Marcos 1:11). El agua testifica que Jesús es el Hijo de Dios revelado al comienzo de su ministerio público. El segundo testigo es la sangre. Esto apunta a la muerte de Jesús en la cruz. No fue un accidente trágico ni un fracaso. Fue el propósito eterno de Dios. La sangre testifica que Jesús es el Hijo de Dios que se entregó voluntariamente para quitar el pecado del mundo. Sin sangre, el agua quedaría incompleta. Jesús no vino solo a enseñar (agua), sino a morir (sangre). El tercer testigo es el Espíritu. El Espíritu Santo es llamado aquí “la verdad”. Él no da testimonios contradictorios. Su función es glorificar a Jesús (Juan 16:14).
Por medio de estos conceptos jurídicos: Juan combatió una herejía concreta, ya que en ese tiempo, algunos falsos maestros afirmaban que el Cristo espiritual había descendido sobre Jesús en su bautismo (agua) pero lo había abandonado antes de la cruz (sangre). Así separaban al Jesús humano del Cristo divino. Juan dice: No. El mismo Jesús vino por agua y por sangre. Y el Espíritu confirma esta unidad. Por ende, no hay disonancia entre el testimonio del bautismo, el testimonio de la cruz y el testimonio del Espíritu. Los tres apuntan al mismo Jesús: plenamente Dios, plenamente hombre, único Salvador.
Si los seres humanos aceptan testimonios humanos (en tribunales, en contratos, en relaciones), ¿cuánto más deben aceptar el testimonio de Dios, que es infinitamente más confiable porque Dios no puede mentir. Es un hecho evidente y confiable el testimonio de Dios acerca de su Hijo, ya que es múltiple: las Escrituras proféticas, los milagros, la resurrección, la transformación de vidas, y ahora el testimonio interno del Espíritu en el corazón del creyente.
Queridos hermanos. En medio de un cristianismo que a menudo parece dispersarse en mil actividades, en discusiones sobre doctrinas secundarias, y en luchas infructuosas por el poder, el apóstol Juan nos trae de regreso al centro inmutable de nuestra fe. Él nos ofrece un testimonio irrefutable y fundamental: que Jesús es el Hijo unigénito y eterno de Dios.
